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¿Somos una generación con mente de “canchita”?

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Realmente me gustaría que me dijeran que estoy equivocada. Aún así, creo que no lo estoy cuando afirmo que soy parte de una generación que tiene un exceso de aire en la cabeza. Tengo 30. Digo generación por los de mi edad, los que tienen 5 años más abajo y 5 más arriba. Prefiero no generalizar más allá de lo que me rodea.

Ojo, cuando digo ‘aire en la cabeza’ no hablo de superficialidad. Eso existe en todas las generaciones y desde siempre. De hecho, considero que somos un grupo de gente pensante, muy pensante, tal vez, demasiado pensante.

El aire es volátil, cambiante, viene y va, desplaza nubes. Es maravilloso por su fuerza para ocupar espacio y por su movimiento. Circula todo el tiempo, pero la quietud no es su fuerte, a comparación de la tierra o el océano caracterizados por su profundidad, ritmo pausado y peso.

 

 

Vivimos rodeados de estímulos y cambios. Son tiempos de mucho aire, en los que nuestra conexión a los cambios y la tecnología es mucho más fuerte –o por lo menos más frecuente- que a los ritmos y los ciclos de la naturaleza. Vivimos más pendientes del ritmo de los mails que al de los de la luna. Sólo basta escuchar los latidos de nuestro corazón y nuestra respiración que constantemente se acelera.

 

 

Nos hemos distanciado de las p-a-u-s-a-s. Para la rapidez de nuestra mirada, las plantas son seres e-s-t-á-t-i-c-o-s que no se m-u-e-v-e-n.

 

Nuestra cabeza es una esponja que si no cuenta con filtros de limpieza para distinguir lo efímero de lo permanente, lo real de lo inventado, y lo valioso de insignificante, puede llegar a confundirse. Nos cuesta distinguir nuestra voz de las opiniones. Soñamos mucho mientras dormirnos y cuando estamos despiertos andamos cansados y con pasos dispersos en busca de un café o un cigarro que nos dé ‘lucidez’ y calma. La incesante cantidad de información que nos rodea genera cerebros creativos e inquietos. Por eso, fácilmente cambiamos de trabajo, pareja, carro o deporte. Nos asusta la monotonía, le corremos al compromiso, y la idea de que un poco mas allá hay algo mejor nos llena de dudas o nos lleva a descartar fácilmente lo que resulta complicado.

Vivimos enamorados de las lluvias de ideas pero nos cuesta elegir y pulir con destreza de arqueólogo tan sólo una.

Dime si me equivoco, pero realmente siento que soy parte de una generación sumamente ingeniosa y apasionada pero raramente comprometida con algo a largo plazo. Tanta emoción desarrollándose en un entorno sobre-estimulado produce cerebros que funcionan como máquinas de ‘canchita’ (Ojo, me encanta la ‘canchita’).

 

 

 

Nos sobra emoción, nos falta a-t-e-n-c-i-ó-n. Un cerebro de ‘canchita’ (no tiene nada que ver con un cerebro de chorlito) promesas, ilusiones, posibilidades y fantasías que van más allá del tiempo. Está llena pensamientos que se generan rápido y que a esa misma velocidad mueren. Una ‘canchita’ explota en segundos y se enfría en minutos. No sabe de horas, semanas, meses, años y etapas.

 

 

Cuesta aferrarse a una buena idea o un anhelo profundo porque la inmediatez nos tienta a soltar y reemplazar lo bueno y lo honesto por lo fácil y lo sexy. Sacrificamos calidad por cantidad y luz por fuegos artificiales. Nos frustramos porque comenzamos a creer que lo bueno puede construirse en poco tiempo. Tal vez dios creó el mundo en siete días, pero los árboles toman años de años en crecer y se toman un buen tiempo para echar raíces (De hecho, generalmente, el tamaño de la copa de un árbol es proporcional al de sus raíces que crecen bajo tierra.)

 

Una generación con cerebro de ‘canchita’ cojea cuando se habla de compromiso, pensar a largo plazo o firmar contratos. La voluntad fácilmente se quiebra porque si algo no resulta, hay miles de opciones más a la mano. Cambiamos de promesas como de iPhone, y el ensayo-error se ha convertido por el ensayo que si no funciona no sirve. Incluso cuando tomamos una decisión a mediano o largo plazo (por ejemplo, comprar un departamento o casarnos) sabemos que ¨bueno pues, si no funciona, no pasa nada.¨ Junto a la puerta de entrada al compromiso, ponemos la ruta de escape.

 

En serio, dime si me equivoco. Nuestras mentes se vuelven amplias con profundidad de charco: cualquier piedrita genera conmoción, turbulencia, caos o una baja en el sistema inmunológico que resulta en un resfrío terrible. Sabemos de todo un poco, pero muy poco de una sola cosa.

 

 

Por todo esto considero que la meditación es una herramienta esencial para la vida que vivimos o que nos vive. Es una herramienta de filtro importantísima para diferenciar lo importante de lo no tan importante. Te quita aire, te aterriza, y al mismo tiempo, te hace liberarte de muchos de los pensamientos innecesarios que te quitan energía y voluntad para alcanzar lo que anhelas.

 

 

No importa si es meditación con un mantra, sentado en posición de loto o practicando yoga, vestido de blanco o en piyama, o si para ti funciona la música, correr tabla. Tal vez te viene bien salir a caminar con tu perro. No importa el medio, tan sólo la repetición y el compromiso con la práctica de buscar silencio todos los días. Es necesario buscar minutos de presencia paraser y estar. Y cuando digo ser y estar, ambos verbos están completos.

 

Cada día, aunque sea por minutos, hay que mirar hacia adentro, respirar y reconectarse con lo que para uno es importante en la vida. Es necesario limpiar la mente de tanta escarcha y distracción. Necesitamos filtros para todos esos pensamientos basura salgan de nuestra cabeza de la misma manera en que uno sacude una alfombra.

 

Podemos ser una generación muy talentosa e inteligente, pero sin fuerza de voluntad y compromiso no podemos generar cambios reales y estructurales. Para lograr algo real es necesario darle profundidad a la mente charco. Con una búsqueda diaria de silencio, uno puede ir desarrollando de a poquitos una mente más oceánica, permanente, inmutable, infinita.

 

 

Estoy generalizando y tal vez me equivoque. Pero si olvidas este texto rápido y pasas al siguiente, o si ni siquiera puedes leerlo con calma porque te pareció muy largo, podría tener algo de razón. La próxima vez que vayas al cine, mira la maquina de ‘canchita’ y dime si no te hace recordar a tu cabeza de lunes a viernes.

¿No te gustaría cambiar esa imagen por la del mar?

Se puede. Como todo lo verdaderamente bueno en la vida, es cuestión de p-r-á-c-t-i-c-a, p-a-c-i-e-n-c-i-a y v-o-l-u-n-t-a-d.

http://www.bikramyoga.pe

Angie Ferrero para espacio.360

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